jueves, 21 de julio de 2011

Una sentencia que le hace mucho daño al país

La sentencia según la cual los directivos de un diario son corresponsables por las opiniones que emiten sus columnistas le hace un daño profundo y perverso al país. Un daño tan perverso y tan profundo como el que le hace al país el gobernante que no solo impulsó esa sentencia sino que no para de justificarla.

El daño es múltiple y no tiene atenuantes. Se golpea de forma contundente a una de las expresiones más antiguas e importantes de la opinión pública en cualquier sociedad moderna: la posibilidad de expresar opiniones libres e independientes a través de artículos en un diario.

El descabellado y muy poco iluminado argumento, según el cual lo que se dice en una columna es responsabilidad del diario, puede convertirse en un precedente siniestro para la sociedad ecuatoriana.  De llegar a establecerse este alucinado principio, como pretende Correa, la variedad de pensamiento y opinión quedará anulada de las páginas de cualquier diario.  La cretina y falsa idea de que las columnas firmadas son responsabilidad de los directivos del diario es un atentado directo a la capacidad de los columnistas de expresar su opinión.  Es, sin duda, uno de los golpes más arteros que ha recibido el librepensamiento ecuatoriano en su historia moderna.

La posición que yo pueda tener frente a lo que pienso y opino nunca va a ser la misma ante la duda de si lo que yo digo en una columna puede alterar el buen ánimo del Presidente y, consecuentemente, generar una multa que potencialmente puede quebrar al diario que publica mi opinión.

Esto, sin eufemismos, se llama autocensura y cualquier persona medianamente instruida sabe que la autocensura es una de las amenazas más grandes a la convivencia social.

Pero no solo es un tema de autocensura. Las audiencias también podrían empezar a sentir la duda sistemática sobre si lo que están leyendo responde a una opinión auténtica y espontánea o los temores del columnista.

De llegar a confirmarse el núcleo conceptual de la sentencia del juez Juan Paredes, se estaría no solo sembrando la oprobiosa semilla de la autocensura sino afectando la siempre compleja relación entre quien emite una opinión y quien la recibe.

Tampoco hay cómo dejar de señalar que la demanda de Correa y la sentencia de Paredes se producen en un momento en el que el ecosistema de las comunicaciones ha cambiado radicalmente. Las opiniones ya no solo se emiten en medios tradicionales como periódicos y canales de TV sino que se multiplican exponencialmente en todas las nuevas plataformas o redes sociales.

Si se aplica el mismo argumento pedido por Correa y aceptado por Paredes de que el medio es responsable de lo que diga el dueño de la opinión, habría que demandar a Facebook y Twitter por los insultos o acusaciones que se hagan desde esas plataformas.  Ayer mismo el twitero @aldombr  desafiaba Correa a demandar a Twitter acusándolo de ladrón.  El principio de que el diario es responsable de lo que dice un comentarista no solo que es tonto, absurdo, peligroso sino también anacrónico.  Precisamente cuando la capacidad de opinar se está democratizando en el mundo entero gracias a las nuevas tecnologías, viene esta decisión troglodita, intolerante y reaccionaria.

Lo que ocurrió el miércoles es sin duda uno de los capítulos más deprimentes de la reciente historia del país.

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